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jueves, agosto 19
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¿Sabía Shakespeare que no era Shakespeare? (II Parte), por Sergio Macías

"Conspiranoia es un mundo paralelo regido por la Cábala y habitado por templarios, rosacruces, masones, sabios de Sión y numerarios del Opus..." Esta es la segunda y última parte del artículo firmado por Sergio Macías en el que reúne las diversas teorías sobre la verdadera identidad de William Shakespeare.
 ¿Ya has leído la Primera Parte?


¿Sabía Shakespeare que no era Shakespeare? Algunas notas sobre la cuestión de la autoría (II Parte), por Sergio Macías.

La Ortodoxia Stratfordiana

Stanley Wells, presidente del Shakespeare Birthplace Trust ha sido el encargado de polemizar con la SAC en estos temas. Para él no hay ninguna duda de que el hombre de Stratford fue autor de las obras atribuidas a William Shakespeare y haciendo gala de flema británica ha ido respondiendo punto por punto a las objeciones de los escépticos.


Según el profesor Wells está documentado que John Neever escribió un poema dirigido a Shakespeare y en 1598 Francis Meres le nombra como autor de 12 piezas. Además están las anotaciones de sus obras en el Stationer´s Register.
Alude también a los versos de Jonson y de Digges en el First Folio donde se llama al autor dulce cisne de Avon y se recuerda su monumento en Stratford que lo compara con los grandes autores de la Antigüedad.
Wells señala que las dudas no surgieron hasta finales del siglo XVIII y todas en base a que sus obras son demasiado doctas para haber sido escritas por alguien que no pisó nunca una universidad. Ante eso acusa a los escépticos de ignorancia acerca del programa de estudios seguido en las escuelas de la época que obligaba a los alumnos a hablar y escribir en latín y los instruía en literatura clásica, retórica y oratoria. Los conocimientos acerca de países extranjeros y modales aristocráticos bien pudieron ser adquiridos a través de libros y conversaciones con sus contemporáneos dada la movilidad social de la época.

La flema de Wells se torna en ironía cuando se refiere a los supuestos códigos secretos incluidos en las obras y hechos solo para ser descubiertos con el paso de los siglos o ante la suposición de que el actor y empresario Shakespeare solo hubiera sido un testaferro de algún noble con aspiraciones literarias. La sola idea de que todo este entramado hubiese permanecido oculto durante tanto tiempo le parece absurda, teniendo en cuenta el gran número de personas que en la época estuvieron involucradas en el negocio teatral. Para el profesor Wells las dudas de los anti- stratfordianos pecan de esnobismo al suponer que un hombre de extracción humilde no pudiera ser también un genio. Actitud que del mismo modo descartaría a Marlowe, hijo de zapatero. Por último achaca la proliferación de estas teorías a la ignorancia, deseo de notoriedad e incluso a la demencia, como en el caso de Delia Bacon.

Hasta hace poco uno de los puntos fuertes de los escépticos era la ausencia de retratos del Bardo realizados en vida. Cómo era posible que alguien que había alcanzado la notoriedad que se le suponía no hubiera inmortalizado su rostro. Solo conocíamos la imagen del First Folio con su media sonrisa y su pendiente. En 2009 un emocionado Stanley Wells presentó al mundo el retrato Cobbe que se supone fue pintado cuando Shakespeare contaba 46 años, seis antes de su muerte. La familia inglesa que lo conservó durante 400 años estaba convencida de que en realidad representaba a Sir Walter Raleigh (curiosamente otro de los candidatos habituales a la autoría).

En caso de decantarnos por no hacer caso a la ortodoxia stratfordiana, la legión de escépticos nos brinda una extensísima galería de candidatos. El líder afroamericano Malcolm X defendía la opción del rey Jacobo I como autor de las obras y el coronel Gadafi asegura que detrás de Shakespeare esta la mano de Sheik el Bear, un emigrante norteafricano. Así hasta un total de 66 opciones que incluye propuestas tan peregrinas como la que asigna la autoría a un tal Guillermo Sanchez Perez, lógicamente de origen español.
Sin embargo los sospechosos habituales son tres: Sir Francis Bacon, Christopher Marlowe y Edward de Vere, XVII conde de Oxford.
                                                                                                                    

La Controversia Shakespeare- Bacon

Print made by Thomas Cross
After Simon de Passe
Sir Francis Bacon (1561- 1626), lord Verulam, vizconde de St Albans, guardián del gran sello con Isabel I y Lord Canciller con Jacobo I fue filósofo, literato y estadista y se le considera el padre del método experimental inductivo.
A priori parece el candidato ideal. Hombre culto e instruido, asistió al Trinity College de Cambridge desde los trece años, de buena familia, viajado y con experiencia en las intrigas cortesanas. Además tiene una extensa obra seria y una posición social que le harían preferir el anonimato para sus veleidades teatrales.
Si bien el reverendo Wilmot a finales del XVIII ya señalaba al filósofo inglés como posible autor de las obras de Shakespeare, quien definió la teoría baconiana fue un personaje peculiar que llevó su obsesión por el tema hasta los límites de la locura.
Delia Bacon (1811- 1859) sin más relación con el autor que la coincidencia de apellidos, era una solterona de Nueva Inglaterra que se ganaba la vida dando conferencias sobre literatura. Elaboró una teoría según la cual Francis Bacon estaría al frente de un selecto club formado también por Sir Walter Raleigh y Edmund Spencer que utilizarían la escritura teatral para divulgar sus peligrosas ideas filosóficas y políticas. Para ello habrían utilizado como testaferro al lacayo de Lord Leicester, un tal William Shakespeare. Basaba esta hipótesis en su propia intuición y en una serie de mensajes cifrados que, según ella, se encuentran en los dramas y revelan la verdad a todo aquel que sepa leerlos.

Delia Bacon
(Daguerrotipo realizado en mayo, 1853)
Autor desconocido
Delia consiguió el apoyo de Ralph Waldo Emerson para publicar sus teorías en el Putnam´s Magazine y viajar a Inglaterra con intención de hacer estudio de campo. En 1853 alquiló una habitación en Stratford y se entregó por completo a la escritura de un libro que aclararía de una vez por todas la verdadera identidad del autor de las obras de Shakespeare.
Las condiciones de vida de Delia en Stratford no debían ser las mejores y enfermó gravemente. El médico local dio aviso al consulado americano en Liverpool del estado en que se encontraba su compatriota. Por aquel entonces el puesto de cónsul era ocupado por Nathaniel Hawthorne, el autor de La letra escarlata. Hawthorne se compadeció de su paisana y se encargó de su asistencia y aún más, le consiguió editor para su libro.
Pero la salud de Delia, especialmente la mental, no mejoró y deambulaba por la iglesia de la Trinidad, candil en mano, convencida de que bajo la losa de la tumba de Shakespeare estaban las pruebas definitivas de su teoría. Parece que incluso el vicario de Stratford estuvo a punto de autorizarle la exhumación de los restos. Pero quizá la advertencia incluida en el epitafio o las propias dudas de Delia hicieron que finalmente desistiera y se contentara con esperar a la publicación de su libro.
En 1857, cuando por fin salió a la luz el volumen de 681 páginas titulado La filosofía de las obras de Shakespeare desvelada, la acogida fue nefasta. Los críticos ridiculizaron sus teorías y Delia enloqueció definitivamente. Fue internada en un asilo cerca de Stratford hasta que un sobrino suyo se la llevó de vuelta a Connecticut donde murió en paz.

Pese a las primeras críticas, la obra de Delia Bacon si influyó notablemente en Mark Twain, y posteriormente en Walt Whitman, Sigmund Freud y Henry James. Pero quien recogió el testigo de Miss Bacon fue el congresista norteamericano Ignatius Donnelly (1831- 1901).
Donnelly dedicó dos libros al tema: El Gran Criptograma y El Mito de Shakespeare. En ellos abunda en la teoría baconiana alegando que entre el estadista y el autor teatral hay coincidencia de estilo, idénticas expresiones y metáforas, las mismas ideas, los mismos errores y la misma utilización de términos poco habituales. Desarrolla también el tema de los supuestos mensajes cifrados que Bacon habría dejado a lo largo de las obras atribuidas a Shakespeare.
Parece que incluso, un médico de Detroit, el doctor Orville Owen construyó a finales del siglo XIX un complicado artilugio para descifrar el código de los mensajes cifrados de Bacon.
Virginia Fellows, autora de El Código Shakespeare (2007) recoge el testigo de Owen y concluye que estos mensajes no solo demuestran que Bacon es Shakespeare, sino que también es Marlowe y Spenser y, por si fuera poco, hijo ilegítimo de IsabelI y Lord Leicester.

El escritor austriaco Alfred von Weber Ebenhoff en 1917 llegó un poquito más lejos y afirmó que además de todo lo anterior, Bacon también fue el responsable de El Quijote, pero en fin, esa es otra historia. Hasta el momento no consta que nadie haya atribuido El burlador de Sevilla al genio creativo de Sir Francis pero todo se andará.

El asunto de los códigos y la supuesta relación de Bacon con la francmasonería y las sociedades secretas rosacruces han ido deslizando su candidatura hacia el reverso tenebroso de las publicaciones de fenómenos paranormales y parapsicología con el consiguiente descrédito académico.
Una de las principales objeciones que tradicionalmente se han hecho es que Bacon ya tiene una extensa obra escrita en un estilo y contenido distintos de la de Shakespeare. Si a esto le sumamos su actividad política es de suponer que le quedaría poco tiempo para escribir teatro y además preocuparse de que no se supiera.
Aún así hay que admitir coincidencias curiosas. El dibujo decorativo que encabeza la primera página del First Folio, el famoso Sunburst es idéntico al que aparece en las obras de Bacon. Por otro lado St Albans aparece citado en varias de las obras de Shakespeare, mientras que Stratford no lo hace ni una sola vez.
Actualmente la Francis Bacon Society, fundada en 1886, se encarga de divulgar los estudios referentes a este tema.

La Teoría Oxford

En 1920 J. Thomas Looney, un maestro de escuela ingles, publicó Shakespeare identificado dando inicio a la corriente anti- stratfordiana con más adeptos en la actualidad.
Looney se guió por el sistema deductivo más en boga en su tiempo, el de Sherlock Holmes y estableció, a partir del análisis profundo de las obras de Shakespeare, cuales debían ser las 18 características que tendrían que estar asociadas al verdadero autor de los textos: 

1.-reconocimiento de su genio 
2.-excentricidad 
3.- sensibilidad 
4.- no convencionalidad 
5.- inadecuadamente apreciado 
6.- reconocimiento literario 
7.- entusiasmo por el teatro 
8.- reconocimiento hacia su poesía lírica 
9.- educación clásica superior 
10.- conexiones feudales 
11.- aristocrático 
12.- conexiones con la facción Lancaster 
13.- entusiasmo por la cultura italiana 
14.-entusiasmo por los deportes aristocráticos (cetrería entre ellos) 
15.- musicalidad 
16.- seguridad financiera 
17.- ambivalencia hacia las mujeres 
18.- ambivalencia hacia la iglesia católica. 

Una vez definidas las prendas que debían adornar a nuestro hombre había que buscar en la Inglaterra isabelina alguien a quien le valiera un traje que, desde luego, al actor de Stratford le venía demasiado grande. Looney, por fin, encontró un personaje al que le sentaba como un guante: Edward de Vere, XVII Conde de Oxford.


Grabado de Joseph Brown, publicado en 1848
copia del retrato de George Perfect Harding
De Vere había nacido en 1550 y provenía de una rancia familia aristocrática. Se graduó en Oxford y Cambridge, estudió derecho en el Gray´s Inn de Londres y dominaba varias lenguas. Viajó por Europa y pasó largas temporadas en Italia.
Sus aficiones literarias se manifestaron a muy temprana edad y en círculos cortesanos eran conocidos sus poemas que, curiosamente cesaron a la vez que comenzaron a ver la luz las primeras obras de Shakespeare. Su amor por el teatro se tradujo en el patronazgo de compañías teatrales, entre ellas los Oxford´s Men.
En 1586 Oxford recibió de la reina una pensión vitalicia de 1000 libras anuales libres de impuestos, una cantidad nada despreciable y más si tenemos en cuenta que no respondía ninguna deuda de gratitud o servicios prestados a la corona. Looney interpreta este hecho como un acto de mecenazgo de la soberana hacia de Vere con el fin de que se apartara del mundanal ruido y se dedicara a su verdadera vocación: la escritura. A la muerte de la reina, su sucesor, Jacobo I confirmó la pensión.
El libro de Looney caló en distintas personalidades de la época, entre ellos, Sigmund Freud que se declaró seguidor de la teoría oxfordiana.

Años después, una pareja de estudiosos dio un nuevo empuje al camino iniciado por Looney. En 1952 apareció This star of England, una extensa biografía de Edward de Vere y de cómo su figura se esconde tras las obras y poemas de Shakespeare, firmado por el matrimonio Dorothy y Charlton Ogburn. El hijo de ambos, también de nombre Charlton publicó en 1984 tras cuarenta años de investigación un libro de más de 900 páginas titulado El Misterioso William Shakespeare: El hombre y el mito. En la primera parte, Ogburn desmonta punto por punto la teoría tradicional que identifica al Shaksper de Stratford como autor de las obras y en la segunda se detiene en la vida del Conde de Oxford relacionando cada uno de los acontecimientos con detalles aparecidos en las obras de Shakespeare. Entre ellos, Ogburn relata cómo el rey denegó pensiones que sobrepasaran en cuantía a la percibida por Oxford sin que éste desempeñara ningun servicio por el cual debiera ser remunerado o cómo en la publicación de los Sonetos en 1609 el editor indica que el autor ya ha muerto.

Pero si era conocida en la corte su afición a las artes escénicas e incluso recibía una pensión por ello ¿por qué no firmaba con su nombre? Los oxfordianos argumentan un cierto tabú existente entre la nobleza a la hora de dedicarse a oficios artísticos o al menos a hacerlo público. Por otro lado el Gran Oxford – como era llamado por la Corona- no parecía estar necesitado de reconocimiento y por eso utilizaría un pseudónimo. Aún así aparece citado por Francis Meres como el mejor para la comedia en 1598.
De Vere falleció víctima de la peste en 1604 y durante las navidades de ese año se representaron en la corte siete obras de Shakespeare - ¿Quizá como homenaje a su verdadero autor?- De no ser así, no consta que el hombre de Stratford sacara ningún rendimiento de esta circunstancia. Recordemos que ése mismo Shakspere es el que al regresar a su pueblo lo primero que hace es reclamar una deuda de escasa cuantía.
Pero la temprana muerte del Conde es el verdadero talón de Aquiles de la teoría oxfordiana, ya que dejaría huérfanas a un buen número de obras atribuidas a Shakespeare.
¿Cómo explican los seguidores de Ogburn y Looney que su candidato siguiera escribiendo después de muerto? Lógicamente discuten la cronología de las obras de Shakespeare aceptada por los ortodoxos stratfordianos. En general retrasan la fecha de redacción atribuida a varias de ellas y en otros casos afirman que habrían sido completadas por John Fletcher y Thomas Middleton.
Sin embargo sus detractores afirman que Rey Lear se representa ante el rey en 1606, que no consta representación anterior y en ella hay un parlamento de Gloucester aludiendo a sendos eclipses, de sol y luna, ocurridos en 1605. Suponen también que Macbeth estaría inspirado en la ascensión de Jacobo VI al trono de Escocia en 1603 y para entonces Edward de Vere ya había contraído la peste que lo llevaría a la tumba. Se alude igualmente a ciertos errores históricos imperdonables para un Oxford, como colocar en dos obras (Enrique VI y Ricardo III) a su antepasado John de Vere en una batalla en la que no estuvo.
Otros fallos inexplicables para alguien que conoce Italia a la perfección serían el viaje en barco desde Milán a Verona relatado en Los dos Hidalgos de Verona, o cómo el padre de Tranio en La Fierecilla domada es constructor de barcos en Bérgamo (a 130 kilómetros de la costa más cercana) o cuando se habla del puerto de Padua (¿?).


Para animar un poco más el tema, al someter a análisis uno de los retratos de Shakespeare, concretamente el llamado Ashbourne Portrait, se descubrió que bajo esta pintura se encontraba el rostro de Edward de Vere pintado por Cornelius Ketel (1548- 1616).
Desde 1957 existe la Shakespeare Oxford Society, dedicada a la investigación y a honrar la memoria del auténtico Bardo.
   
El hombre muerto en Depford


El tercero entre los sospechosos habituales es el dramaturgo Christopher Marlowe, uno de los personajes más fascinantes del periodo isabelino. Fue el segundo de los nueve hijos de un zapatero de Canterbury y recibió el bautismo dos meses antes que William Shakespeare. Con 17 años recibió una beca que le permitió matricularse en Cambridge. En 1587 la universidad se negó a darle el título de licenciado, al parecer como castigo a sus largas ausencias. Estas ausencias se habrían debido a su actividad como espía en Francia. De hecho ese mismo año las autoridades académicas de Cambridge recibieron una orden del Consejo Privado del Reino instando a otorgar a Marlowe el título al que tenía derecho dado que sus estancias el extranjero se habrían debido a asuntos relativos al bien de su patria.

Con el título recién estrenado y el manuscrito de su primera obra –Tamerlán el grande- bajo el brazo el joven Marlowe llega a Londres y se cree que entra a trabajar como dramaturgo para la compañía teatral patrocinada por el conde de Nottingham.
Sobre su vida hay más suposiciones y conjeturas que evidencias, pero parece que tenía relación con Thomas Walsingham (Primo de Sir Francis Walsingham, secretario de estado y responsable de los servicios secretos) y que frecuentó junto a Walter Raleigh y Thomas Allen entre otros, la Escuela de la noche un grupo de librepensadores que reunía a algunos de los personajes más interesantes de su tiempo.

Retrato anónimo en Corpus Christi College, Cambridge

Nos queda una imagen de un Marlowe brillante y pendenciero, homosexual y blasfemo que se vio envuelto en numerosos altercados y pasó al menos una breve temporada a la sombra acusado de participar en una pelea que acabó con la vida de un tabernero.
Francis Meres ya destacaba su epicureísmo y ateísmo. Al parecer, en todo momento gozó de una cierta protección por parte de las altas esferas del estado que le permitió salir indemne de las situaciones más embarazosas. Sin embargo las cosas se pusieron feas de verdad en mayo de 1593 cuando su compañero de habitación, el dramaturgo Thomas Kyd, es detenido y, bajo tortura, denuncia a su amigo, acusándole de ateísmo y de burlarse de las Sagradas Escrituras. Por si fuera poco, Richard Baines le acusa de haber sostenido que Cristo era un bastardo y su madre una puta, que los judíos habían escogido bien prefiriendo a Barrabás, que San Juan era compañero de lecho de Jesús y que lo utilizaba como los pecadores de Sodoma y otras lindezas por el estilo.

Lógicamente se ordenó su detención pero por entonces Marlowe estaba refugiado en casa de Walsingham, su amigo/ amante influyente. Si nos consta que el 30 del mismo mes se alojó en una posada de Deptford, a orillas del Támesis, con tres conocidos suyos: Skeres, Frizer y Poley, todos ellos relacionados de un modo u otro con los servicios secretos. La versión oficial dice que esa misma noche discutieron por el pago de la cuenta y que debido a un forcejeo entre Frizer y Marlowe éste último acabó con una daga clavada en el ojo derecho. Dos días después su cadáver se enterró en el cementerio parroquial del pueblo.
A Frizer no lo juzgó un tribunal ordinario sino que, al encontrarse cerca de allí la reina, - Deptford estaba dentro de las doce millas del área de privilegio- el delito quedaba bajo jurisdicción regia. El presunto asesino alegó legítima defensa y salió libre al poco tiempo con un perdón real. Así fue como suponemos que desapareció Christopher Marlowe a los 29 años, dejando ejemplos tan claros de su talento dramático como Eduardo II, El judío de Malta y sobre todo La trágica historia de la vida y muerte del doctor Fausto.

Nos ha quedado una imagen de Marlowe próxima a los mitos del rock and roll. Un poeta maldito que vivió deprisa, murió joven y dejó un bonito cadáver. Una especie de Jim Morrison del Renacimiento. Si a esto le sumamos todos los aspectos oscuros de su vida tenemos el terreno perfecto para elaborar todo tipo de teorías. Carne de Conspiranoia. 
De todas formas el asunto de la muerte de Marlowe parece bastante turbio y deja muchos interrogantes. Parece que la situación se estaba volviendo insostenible, que estaba creando demasiados problemas a sus amigos poderosos y quizá ni siquiera ellos podían salvarle en esta ocasión. Las acusaciones vertidas sobre él eran muy graves y podían salpicar a más de uno. Pero si sabía que la justicia andaba tras él ¿qué hacía en esas circunstancias en Deptford con tres sujetos relacionados con el espionaje? ¿De qué hablaron durante las ocho horas que estuvieron reunidos? Si es verdad que hubo una pelea entre Marlowe y Frizer ¿qué hicieron los otros dos? ¿Por qué un prófugo escoge una población tan cercana al lugar donde está en ese momento la reina con toda su corte? Si posteriormente se admite que Frizer actúo en defensa propia para qué hacía falta que recibiera también un perdón real.
Con las piezas de este puzle, Calvin Hoffman escribió en 1955 El asesinato del hombre que fue William Shakespeare. Es generalmente aceptado que Marlowe es el principal creador del verso blanco que posteriormente utilizará Shakespeare, que su Judio de Malta es un claro precedente del Mercader de Venecia y Eduardo II un modelo para el teatro histórico shakesperiano. Pero Hoffman va más allá. Analiza y compara las obras de los dos autores encontrando multitud de similitudes y concluye que ambos son la misma persona. A partir de ahí lanza una hipótesis para explicar lo sucedido el 30 de mayo de 1593. Marlowe, en connivencia con Walsingham y con los tres personajes que lo acompañaban aquel día habría decidido fingir su propia muerte. Deptford sería el lugar escogido. Con un puerto transitado sería fácil salir por barco del país. Además la reina estaría en Kew o en Greenwich con lo que Deptford quedaba dentro del area de privilegio para garantizar la rápida resolución de las investigaciones. La forma escogida para su muerte era evidente, a nadie le iba a extrañar que el impetuoso Marlowe se enzarzara en una pelea por cualquier motivo, no sería la primera vez. Hacía falta un cuerpo que enterrar en su lugar y, en aquel momento la epidemia de peste que asolaba el país ofrecía un amplio muestrario donde escoger. Si la muerte se producía de una puñalada en el ojo con lo que deforman los rostros este tipo de accidentes sería fácil dar gato por liebre y echar en la fosa al primer cadáver que tuviera una complexión similar a la del poeta. De esta forma, oficialmente muerto, Marlowe hubiera podido exiliarse en Francia, donde ya había estado anteriormente sirviendo como espía y posteriormente, quizá pasar a Italia. Es de suponer que habría tenido que apaciguar su carácter conflictivo pero no su talento creativo. Walsingham sería el encargado de recibir los nuevos dramas generados por su protegido y hacerlos llegar a las tablas. Para ello hacía falta un hombre de paja, alguien dispuesto a firmar con su nombre lo que fuera a cambio de una buena remuneración, alguien que no tuviera muchos escrúpulos y no resultara demasiado sospechoso. En uno de los teatros de Londres Walsingham habría encontrado al hombre perfecto: un actor de segunda llamado William Shakespeare.
El engaño habría seguido funcionando a la perfección hasta el momento en que se produjo la verdadera muerte de Marlowe, momento en que al actor de Stratford no le quedó otra opción que volver a su pueblo.

Esta es a grandes rasgos la hipótesis lanzada por Hoffman, que estaba tan convencido de su teoría que estableció en colaboración con el King´s School de Canterbury unos premios anuales a los mejores ensayos acerca de la vida y obra de Marlowe y un premio principal que irá a parar a quien consiga demostrar al mundo de manera irrefutable que las obras y poemas atribuidos a William Shakespeare provienen en verdad de la mano de Christopher Marlowe. Ni que decir tiene que este premio aún espera ganador.
Si contrastamos las fechas de ambos, vemos que todo lo que hoy conocemos como Shakespeare es posterior al 30 de mayo de 1593. Con una excepción: Venus y Adonis, que se publicó sin nombre.
Para acabar de liar las cosas, un libro de reciente aparición Shakespeare: New evidence de A.D Wraight afirma que Anthony Bacon, hermano de Sir Francis y agente secreto en el continente al servicio del duque de Essex había conocido en 1595 a un agente francés, un tal Monsieur Le Doux que también trabajaba para el duque. Entre la documentación de este otro Bacon se encuentra una carta del tal Le Doux solicitando una lista de 57 libros, probablemente a Walsingham, entre los que se encuentran manuales de conversación en francés. El análisis de la carta ha llevado a Wraight a deducir que está escrita por la misma mano que los documentos conservados de Marlowe, y que por tanto Le Doux sería el nombre adoptado por éste durante su exilio en Francia. Además ¿para qué iba a querer un francés libros para aprender a hablar su propio idioma?

De todas formas, al igual que pasa con Elvis, hay quien dice haber encontrado evidencias del paso de Marlowe por Padua y Valladolid con posterioridad a la fecha de su muerte.


La teoría Marlowe tiene el pequeño problema de que para darse por válida debería cumplirse la premisa de la falsa muerte del poeta. Claro que, siendo realistas, es más lógico pensar que su asesinato fue real y que la trama que acabó con su vida es tan oscura como el resto de los asuntos en los que se vio envuelto, pero el personaje sigue ejerciendo hoy tal poder de seducción que es difícil descartar cualquier posibilidad. Tampoco era habitual que la Corona enviara a la universidad un justificante de los novillos que había hecho el hijo de un artesano y sin embargo tenemos constancia de ello.
Como no podía ser menos, la Marlowe Society se encarga de divulgar las investigaciones que van surgiendo en torno al los sucesos de Deptford, a las posibles pistas dejadas por el escritor con posterioridad a 1593 y a todo lo relacionado con la atribución a su candidato de la paternidad de las obras de Shakespeare.

Desde hace algún tiempo las tres corrientes anti- stratfordianas mayoritarias (Bacon, Oxford y Marlowe) han visto como les salían competidores hasta debajo de las piedras. A continuación se relatan algunas de las teorías más curiosas.

Los Florio y la pista siciliana.


John o Giovanni Florio, nacido en Londres hijo de un pastor protestante italiano exiliado, es el candidato que defiende con vehemencia Lamberto Tassinari, profesor de literatura italiana en la Universidad de Montreal. Florio, como Bacon y Marlowe tiene un lugar propio en la historia de la cultura inglesa. Fue el traductor al inglés de los Ensayos de Montaigne y del Decameron de Boccaccio y su obra cumbre es la confección del primer diccionario italiano-inglés, publicado en 1598. Se le considera el mayor introductor de nuevos términos en el idioma tras Chaucer y Shakespeare.
Según Tassinari era un hombre de sentimientos aristocráticos, muy bien relacionado con los condes de Southampton y Pembroke. Fue secretario particular de la reina de Dinamarca y dueño de una increíble erudición. De sus escritos se deduce que lo había leído todo tanto en inglés como italiano, francés o español. Sus conocimientos abarcan desde las ciencias al teatro, el deporte o la poesía. Los mismos que se supone que debería poseer el autor del canon shakesperiano.

First Fruits y Second Fruits son dos manuales de conversación que contienen proverbios y frases hechas, muchos de los cuales aparecen también en las obras del Bardo.
Sabemos que Pembroke, a quien está dedicado el First Folio, fue su albacea testamentario y heredó la biblioteca personal de Florio que contenía 340 volúmenes en italiano, francés y español y un número indeterminado de libros en inglés.
Tassinari asegura que tanto en las obras originales como en las traducciones, Florio muestra la misma ampulosidad, el mismo uso exagerado de la metáfora, las mismas figuras retóricas y el mismo sentido poético que Shakespeare.


Además, concluye Tassinari, si dos personas como Florio y Shakespeare coinciden en el mismo lugar y el mismo tiempo, comparten amigos y mecenas, intereses, conocimientos y aficiones y ninguno habla del otro en ningún momento es porque existe la posibilidad de que no sean dos sino uno solo. Así, William Shakespeare sería el nombre artístico de John Florio que habría ocultado su identidad debido a sus orígenes y creencias religiosas. El nacionalismo inglés se habría encargado de hacer el resto y perpetuar el engaño.

Los de Stratford nacen donde quieren: Michelangelo Florio Crollalanza


Una de las teorías más delirantes es la propuesta por Martino Iuvara, un profesor de literatura jubilado que está convencido de que Shakespeare nació en su pueblo.
La historia, que unas veces recuerda al nuevo testamento y otras a La invasión de los ladrones de cuerpos, es absolutamente deliciosa.


En 1564 viene al mundo en Messina Michelagnolo (o Michelangelo) hijo del médico Giovanni Florio y Guglielma Crollalanza, ambos calvinistas convencidos. Por esta causa son perseguidos por la Inquisición y escapan a Venecia. Cerca de la ciudad de los canales se hospedan en un lugar que llaman Ca´d´Otelo, el moro, construida años atrás por un mercader de piel oscura del que decían las malas lenguas que había asesinado a su señora en un ataque de celos.
El joven Michelangelo cursa estudios en Venecia, Padua y Mantua. Viaja por Dinamarca, Grecia, España y Austria. Según Iuvara tuvo amistad con Giordano Bruno, que a su vez tenía relación con los condes de Pembroke y Southampton (Los destinatarios de las únicas dedicatorias que aparecen en las obras de Shakespeare). Se enamoró de una doncella de buena familia de nombre Giulietta –cómo no- cuya familia se oponía a la relación hasta el punto de confinar a la joven en casa de un pariente eclesiástico en Verona. La niña, desesperada, acabó por suicidarse y la familia acusó a Michelangelo de ser el causante de su muerte. Se imponía poner tierra de por medio y gracias a sus contactos viajó a Inglaterra cuando contaba 24 años. Una vez allí se hospedó en casa de una rama de la familia de su madre que ya estaba integrada en la vida inglesa hasta el punto que hacía tiempo que habían traducido su apellido. (Scrolla- la – lancia = shake- the – spear). Los Shaksper o Shakespeare vivían en Stratford upon Avon y acogieron con gusto al recién llegado. Incluso el padre decidió llamarle William, en memoria de un hijo fallecido prematuramente y que hubiera tenido la misma edad que Michelangelo.

De esta forma se entiende el altísimo nivel de formación académico adquirido por Shakespeare y su querencia por Italia, se daría respuesta a los años oscuros y se explica perfectamente el bautismo de un William en Stratford hijo de John Shakespeare y Mary Arden.
Por si quedaba alguna duda, el profesor Iuvara añade que consta que Michelangelo escribió en sus años mozos una comedia en dialecto titulada Tantu trafficu ppi nenti, que traducido viene a ser más o menos Mucho ruido y pocas nueces.
 

Falstaff escribiendo a Shakespeare: Sir Henry Neville

Entre las cosas que pueden pasar en este universo conspiranoico es que aparezca una cuartilla con el membrete de un aristócrata ingles de época isabelina donde éste practicó hasta 17 veces la firma de William Shakespeare.


El noble en cuestión se llamaba Henry Neville (1562- 1615) y de apodo Falstaff (para qué más). Fue embajador en Francia, miembro del parlamento y se vio envuelto en la conjura del conde de Essex, razón por la que pasó dos años en la torre de Londres.
Los defensores de su candidatura a la autoría son los profesores Brenda James de la Universidad de Portsmouth y William D. Rubinstein de la Universidad de Gales. Ambos son autores de The Truth will out. Unmasking the real Shakespeare, donde aseguran que Neville fue el responsable del canon shakesperiano. Los autores establecen una relación entre las obras y los acontecimientos de la vida de sir Henry llegando a conclusiones sorprendentes.


En Trabajos de amor perdidos aparecen cuestiones que se debatieron en Oxford durante la época en que Neville fue estudiante allí. Consta que sir Henry estuvo en Viena (Medida por Medida) y que entre 1581 y 1582 viajó por el norte de Italia donde tienen lugar varias de las obras de Shakespeare. Los textos en francés de Enrique V, idioma que Neville dominaba, estarían relacionados con el periodo en que fue embajador en aquel país entre 1599 y 1600.


A partir de 1601 y debido a su reclusión en la Torre los textos se vuelven más sombríos abandonando el tono anterior. James y Rubinstein aportan también como prueba documental algunas de las notas escritas por sir Henry en prisión y que más tarde aparecerían en Enrique VIII. Además, en muchas de las obras de Shakespeare aparecen antepasados de Neville tratados con especial benevolencia como el rey Duncan de Macbeth. Un análisis de la correspondencia privada y oficial del diplomático revela multitud de similitudes estilísticas y lexicográficas entre ambos, construcciones difíciles de encontrar en la literatura inglesa fuera de Shakespeare.


Por si fuera poco está el asunto de los 17 ensayos con la firma de Shakespeare, un documento que si bien se conocía desde finales del XIX es puesto en valor de nuevo en la obra de James y Rubinstein.

Las razones que debieron llevar a sir Henry a ocultar su autoría debieron ser de índole política. Descendía de los Plantagenet, familia rival de los Tudor y los temas y análisis históricos o políticos que se podían extraer de las obras hubieran colocado a sir Henry en una difícil posición, más aún cuando se le relacionó con la conjura de Essex. Quizá de haberse sabido que era el autor de las obras de Shakespeare la pena impuesta a su persona habría sido la muerte.

Entonces ¿Quién era Shakespeare? James y Rubinstein optan por la idea ya conocida del testaferro. Henry Neville habría tenido relación con el teatro Blackfriars, era socio del Conde de Southampton y pariente de Mary Arden, la madre del hombre de Stratford. Los autores creen que William Shakespeare era el encargado de las puestas en escena y además copropietario del teatro, pero en modo alguno autor de los textos.

Shakespeare en femenino: Mary Sidney Herbert y Amelia Bassano Lanier


Entre los salones nobiliarios de la Inglaterra isabelina hubo uno que brilló con luz propia: Wilton House, la casa de Mary Sidney Herbert, segunda condesa de Pembroke (1561- 1612) que se convirtió en un centro cultural de primer orden al que asistían las luminarias de la época: Lyly, Raleigh, Jonson y… ¿Shakespeare? Al menos consta que Heminges recibió 30 libras de la época por representar Como gustéis en Wilton (¿Demasiado para un bolo?)


Tenemos constancia de la exquisita educación de la condesa, así como de su conocimiento de otras lenguas – tradujo del francés el Antonio de Garnier-. Entre su obra original destaca la elegía a su hermano, el también poeta Philip Sidney, Como suele suceder en estos casos, los archivos de la casa de la condesa son lo suficientemente ambiguos como para dar pie a todo tipo de conjeturas, desde proponer su candidatura a la autoría hasta considerarla anfitriona y partícipe del supuesto club de escritores que se escondía tras la marca William Shakespeare.
 
Sin embargo Mary Sidney no fue la primera mujer en publicar un libro de poesía en Inglaterra. Ese honor le cabe a Amelia Bassano Lanier, judía y de origen italiano, que escribió Salve Deus Rex Iudeorum en 1611 y que según el especialista John Hudson es sin ninguna duda la autora de las obras que se han venido atribuyendo al hombre de Stratford. Hasta ahora se la había identificado por algunos como la dama oscura de los Sonetos pero Hudson afirma que las peripecias de su vida tienen mayor correspondencia con las obras de Shakespeare que las de ningún otro candidato y para demostrarlo ha creado su propia compañía teatral The darklady players para poner en escena el repertorio en la clave correcta.


En este caso no hace falta incidir demasiado en las razones que debieron llevar a Amelia a esconder su nombre. Siendo judía, mujer, de origen italiano y posiblemente de tez más bien oscura es de suponer que renunciar a la gloria literaria sería el menor de sus problemas.

Y aún hay más…


Si el paciente lector ha seguido hasta aquí el artículo es de suponer que a estas alturas ya estará esperando que aparezca algún candidato extraterrestre o al menos alguien que afirme que fueron todos los habitantes de Inglaterra de la segunda mitad del XVI los que se pusieron de acuerdo para escribir las obras de Shakespeare y luego ocultárselo al mundo solo por fastidiar. Estoy seguro de que circulan teorías más estrambóticas aún que las que he descrito. Más de uno habrá encontrado pruebas en el First Folio para adivinar la fecha del Juicio Final o profecías ocultas en los Sonetos que dan claves fiables sobre el tercer misterio de Fátima.
Lo que si es seguro es que hay más candidatos, muchos más, aunque en la mayor parte de los casos es más de lo mismo. Por no aburrir me limitaré a enumerar a algunos que he dejado en el tintero y los principales argumentos que sustentan sus candidaturas:

- William Stanley, VI Conde de Derby (1561- 1642). Durante su juventud pasó una temporada en la corte de Navarra, de donde habría sacado el argumento para Trabajos de amor perdidos. Su hermano tenía relación con la compañía de los King´s Men y se conservan un par de cartas de un espía jesuita que dice que el conde anda muy atareado escribiendo obras para cómicos. Se supone que la primera representación de Sueño de una noche de verano fue durante su banquete de bodas. La coincidencia de iniciales también ha dado mucho de si.


- Roger Manners, V conde de Rutland (1576- 1612). Bien relacionado con Pembroke, Southampton etc. Viajó a la corte de Dinamarca, de donde pudo haberse traído el argumento de Hamlet. A menudo se cree que escribió las obras de Shakespeare en colaboración con su esposa, Elisabeth Sidney.

- Edward Dyer (1543- 1607) Según la teoría de Alden Brooks, Will Shakspere era un tipo gordo dado a todo tipo de excesos que, debido a su relación con las tablas se dedicaría a trapichear con textos teatrales. Uno de sus clientes sería el poeta cortesano Edward Dyer. Shakspere habría estado durante años a su servicio comprando malos textos que reescritos por la mano de Dyer se convertirían en las obras maestras que hoy conocemos. Como broma privada el verdadero autor le habría retratado en todos los personajes obesos y borrachines de sus obras.

- San Edmundo Campion (1540- 1581) Como tiene que haber de todo no podía faltar un santo: el mártir jesuita Edmund Campion, que tras sufrir cárcel y tortura en la torre de Londres fue descuartizado públicamente en 1581 y sus restos expuestos en cada una de las puertas de la ciudad. Ignoro como hizo para seguir escribiendo después, pero claro, siendo santo…

- Fulke Greville, Lord Booke (1554- 1628) En cierto modo es un resumen de todos los anteriores. Asiduo de Wilton House, de la Taberna de la Sirena y de la Escuela de la Noche. Fue el maestro de espionaje de Marlowe, amigo de Bacon, colaborador de Florio y de Mary Sidney Herbert. Además era primo de Rutland y partidario de Essex. Escribió poemas compitiendo con Spenser y Sidney. Su amigo Jonson pudo haberle descrito en el First Folio: Brooke sabía poco latín y menos griego, aunque su educación había estado a la altura de su alcurnia. Tenía un monumento sin tumba en la Iglesia Colegiata de Santa María en Warwick junto a su castillo a orillas del Avon. Por si fuera poco el emblema que adorna su escudo familiar es un cisne.


Habría que citar también entre los candidatos a los dos reyes de este periodo: Isabel I y Jacobo I, al político y pirata Sir Walter Raleigh, al rebelde irlandés William Nugent, a todos y cada uno de los escritores ingleses contemporáneos de Shakespeare, desde Lily a Jonson, sospechosos tanto individual como colectivamente de haber engañado a la humanidad.


Conclusión

En el tema de la autoría shakesperiana sucede como en casi todos los aspectos de la vida: cuanto más se indaga menos certezas se tienen
A la luz de las evidencias documentales que se conservan sobre el hombre de Stratford parece razonable dudar que haya sido el autor de las obras que se le atribuyen pero tampoco hay nada que lo invalide
Por otro lado ninguno de los candidatos restantes puede ofrecer pruebas concluyentes que los avalen. Todo son suposiciones, curiosas coincidencias pero nada en firme. 

Si se tratara de un juicio seguramente se resolvería con una absolución por falta de pruebas. Quizá lo más positivo de esta competición por descubrir al verdadero autor haya sido que, de esta forma, han salido a la luz aspectos y personajes que conformaron una época apasionante y antes permanecían más o menos ocultos. Una época que tuvo en William Shakespeare, quienquiera que fuese, a una de sus personalidades más brillantes, pero no la única.
De todas formas cabe preguntarse si todo esto tiene algún sentido. ¿Cambiaría en algo la magnitud de las obras si supiéramos que el verdadero autor fue Oxford, Marlowe, Bacon o su ama de llaves?


Sin duda el artículo más esclarecedor sobre el tema es obra de Umberto Eco y aparece en el Almanaque del Bibliófilo 2003 editado por Edizioni Rovello de Milan y el Aldus Club, asociación internacional de bibliófilos presidida por el propio Eco.


¿Shakespeare era por casualidad Shakespeare? Umberto Eco

 
Es conocida por los bibliófilos y estudiosos del Bardo la Controversia Bacon-Shakespeare. Desde hace mucho tiempo y en particular en algunas alusiones debidas a Selenus (que era el duque de Brunswick) pero en general a partir de numerosas especulaciones nacidas en ambientes rosacrucianos, se sospechaba que el verdadero autor de las obras de Shakespeare era Lord Francis Bacon.
 
Pero solo en el siglo pasado y a principios de éste se ha producido una vasta bibliografía sobre el argumento, de la cual cito solo los textos mayores (y se notará cómo en la polémica han participado también científicos ilustres como el matemático Georg Cantor)
Selenus Gustavus, Cryptomenytices et Cryptographiae Libri IX (1624); Cantor Georg, Die Rawley' sche Sammlung von zweiunddreissig Trauergedichten auf Francis Bacon (1897); Donnelly Ignatius, The great Cryptogram (1888); Durning-Lawrence, Sir Edwin, Bacon is Shake-Speare (1910); Reed Edwin, Bacon and Shake-Speare Parallelism (1902); Stopes C., The Bacon-Shakespeare question answered (1889); Theobald Bertram G., Francis Bacon concealed and revealed (1930); Theobald Robert M., Shakespeare studies in baconian light (1901); Wigston W.F.C., Francis Bacon (1891).
 
En resumen: El debate nacía de la convicción de que un hombre de escasa cultura e ínfima extracción social como Shakespeare, en definitiva, un actor, no habría sido capaz de elaborar textos de tal valor artístico y profundidad de pensamiento. Más aceptable parecía la idea de que Shakespeare fuera un testaferro o a lo sumo el que dirigía e interpretaba las obras que se le atribuían, pero éstas serían debidas a un personaje de gran ingenio y sensibilidad. Ninguno en aquel tiempo podía exhibir tales cualidades como Francis Bacon, filósofo, político y fino literato como prueba su New Atlantis, y profundo conocedor del alma humana. Todos los textos citados demuestran, reimprimiendo las obras shakesperianas y subrayando o marcando en rojo los versos relevantes, cómo todo el Opus del Bardo, tal cual aparece en el infolio de 1623, contiene alusiones, pistas cifradas y criptogramas perfectamente legibles que revelan la paternidad baconiana.
 
La que es menos conocida es la simétrica Controversia Shakespeare-Bacon. Para escribir todas las obras de Shakespeare, se decía, no solo las tragedias sino también los inmortales sonetos, hacía falta el trabajo de una vida. ¿Cómo habría podido Bacon encontrar tiempo para realizar este trabajo titánico si no fuera delegando en otros la fatiga de escribir sus propias obras filosóficas?
 
Por tanto, se elaboró la hipótesis de que Shakespeare, que a pesar de todo era un hombre con no pocas habilidades, habría sido contratado por Bacon a tal efecto. La extracción social de Shakespeare probaría así la vena de sano sentido común con que están concebidas las obras baconianas. Así pues, Shakespeare habría sido el autor de las obras atribuidas a Bacon
La bibliografía sobre el argumento es tan rica como la de su simétrica citada anteriormente y contiene páginas enteras de las obras baconianas subrayadas o marcadas en rojo en las que aparecen claros indicios de su paternidad shakesperiana. He aquí algunos títulos que he conseguido recuperar sobre este fascinante debate: 
Cantor Georg, Die Rawley' sche Sammlung von zweiunddreissig Trauergedichten auf Shakespeare (1899); Donnelly Ignatius, The small cryptogram (1890); Durning-Lawrence, Sir Edwin, Shake-Speare is Bacon (1920); Reed Edwin, Shake-Speare and Bacon parallelism (1905); Stopes C., The Shakespeare-Bacon question answered (1889); Theobald Bertram G., William Shakespeare concealed and revealed (1936); Theobald Robert M., Bacon studies in shakespearean light (1903); Wigston W.F.C., William Shakespeare (1899).
 
En un cierto punto los partidarios de la Controversia Bacon- Shakespeare y los de la Shakespeare-Bacon se habían puesto razonablemente de acuerdo. Se podía sostener que Bacon era el autor de las obras de Shakespeare y Shakespeare el autor de las obras de Bacon sin que las dos teorías entrasen en contradicción. Por otra parte las pruebas textuales eran absolutamente indiscutibles en ambos casos. La objeción puntillosa de Julius Stapleton (If so, why? London, Faber & Faber 1930) que decía que si Bacon era el autor de las obras de Shakespeare y no de las suyas no podía haber diseminado en la obra de Shakespeare indicios referidos a las obras de Bacon que él podía perfectamente ignorar. Y que si Shakespeare era el autor de las obras de Bacon, no había razón para que insertara referencias a las obras de Bacon, de las cuales debía saber poquísmo. Estas objeciones fueron tachadas de escepticismo positivista y rápidamente desechadas.
Permanecía en cambio abierta otra cuestión. Si Bacon era el autor de las obras de Shakespeare no habría podido concebirlas sin frecuentar de forma cotidiana el mundo del teatro – por no decir que no habría podido escribir sus sonetos si, en vez de frecuentar diariamente a la reina Isabel no hubiese tenido tiempo de frecuentar a la Dark Lady- y a la vez si Shakespeare era el autor de la obra de Bacon no hubiera podido concebirla sin una frecuentación cotidiana de la sociedad cultural de Londres y de la misma corte.
Por tanto se debía suponer no solamente que Bacon fue el autor de las obras de Shakespeare sino que directamente sustituyó a Shakespeare en la dirección del Globe, y viceversa en cuanto concierne a la presunta obra baconiana. Por lo tanto Shakespeare, es decir, aquel que la gente reconocía como Shakespeare, era de hecho Bacon, y Bacon era Shakespeare.
 
¿De quien son entonces los retratos que nos han llegado como de Shakespeare y Bacon respectivamente?
Los retratos de Shakespeare retratan evidentemente a Bacon y los de Bacon a Shakespeare

Pero ¿cuando se produjo la sustitución? 
Si ésta se había producido en una edad avanzada de ambos personajes ellos hubieran tenido que mantener una ficción insostenible durante el resto de sus vidas. Y hay que preguntarse si en semejante estado de ánimo Bacon hubiera mantenido la serenidad necesaria para concebir el Opus shakesperiano y Shakespeare la agudeza indispensable para concebir el Opus baconiano. Si en cambio la sustitución sobrevino, pongamos por caso, en la cuna, entonces de hecho Shakespeare se consideraba Shakespeare y Bacon Bacon. Lo único que hubiera podido iluminarles sobre su verdadera identidad habría sido una prueba de ADN, inconcebible para la época. 
Por lo tanto, a la luz de esta última hipótesis Shakespeare era Shakespeare y Bacon Bacon. 
La obra de Shakespeare verdaderamente de Shakespeare y la de Bacon verdaderamente de Bacon. 
Muchos de los estudiosos que habían animado la Controversia Bacon- Shakespeare- Bacon (que para algunos era la Controversia Shakespeare- Bacon- Shakespeare) con el tiempo habían cambiado de opinión como muestra la bibliografía adjunta: 
Donnelly Ignatius, There was no cryptogram (1899); Durning-Lawrence, Sir Edwin, Shakespeare was Shakespeare (1925); Reed Edwin, Shakespeare and Bacon: an incompatibilty (1910); Stopes C., Fuck Shakespeare (and Bacon too)! (1890); Theobald Bertram G., Both Shakespeare and Bacon did not exist (1936); Theobald Robert M., Bacon-Shakespeare studies discombabulated (1906); Wigston W.F.C., Was Shakespeare Kaspar Hauser, the masonic mask (1900).
 
Solo Cantor había permanecido insensible al problema gracias a la teoría, que había elaborado, de la Absoluta Identidad de los Conjuntos Poco Normales, afirmando que si dos personas están locas – y locos no podían no estar, por elección o por condena, ambos desafortunados isabelinos – entonces ninguno de los dos podía saber quien era quien, y el máximo de la confusión se alcanzaría en el momento en que Shakespeare se hubiera creido Shakespeare y Bacon Bacon

Esta claro que llegados a este punto, la controversia se podía dar por terminada. Solamente hacer mención de sus últimos coletazos. Es conocida desde hace tiempo la afirmación de Maria Kodama de que tanto las obras de Shakespeare como las de Bacon son fruto de un trabajo inédito de Pierre Menard (que después habrían transcrito los dos presuntos autores de memoria). Recientemente Antonio Tabucchi (Sostiene Ulloa, publicado a expensas de Mediaset) avanzaba la hipótesis de que las obras de Shakespeare y Bacon (y quizá las de Cantor) hubieran sido escritas por Pessoa. Casi en el mismo periodo Roberto Calasso, remitiéndose a un voluminoso manuscrito de ochocientas páginas debido a la pluma de Roberto Bazlen, demostraba que ni Shakespeare ni Bacon escribieron nunca nada (El primero por haber sido asesinado de joven en la Cripta de los Capuchinos de Viena y el segundo por haber decidido en el cementerio judío de Praga, tras leer la opera omnia de Emanuele Severino, que si el error de Occidente es el error de Occidente, entonces más vale quedarse callado).
 
Por consiguiente Ediciones Adelphi anunciaba la publicación inédita, en edición crítica, de todas las obras de Shakespeare y de Bacon, a cargo de Mazzino Colli, ilustradas con las ruedas mnemotécticas de Giordano Bruno. 
Pero venían precedidos por los herederos de Scheiwiller, que anunciaron una edición para coleccionistas con aguafuertes del nieto de Ardengo Soffici, y por Franco María Ricci, que abría una suscripción para la edición de lujo, 100 ejemplares numerados de I a IV sobre pergamino árabe con reproducción de los manuscritos autógrafos, introducidos por un ensayo de Albuchasim-al-Yagar-Kuwarizmi-ben-Kaldoun-Hassan-de Baldach (siglo XII) encuadernados en piel humana y 10 ejemplares en papel Fabriano azul, libre de ácidos y lavable, numerados de 1 a 2456. 
Ambos proyectos, sin embargo tuvieron dificultades a causa de Silvio Berlusconi que, durante una transmisión del Santoro Show de la Televisión búlgara, anunciaba: - Bacon soy yo- y añadía: - ad interim- Después, respondiendo a una pregunta del periodista sobre Shakespeare: - Sería mejor que la gente del cine se ocupase de cine y no de política-
 
 
BIBLIOGRAFIA


- The RSC Shakespeare Complete Works. Edited by Jonathan Bate and Eric Rasmussen. Published by MacMillan Publishers Ltd. 2007


- Bacon, Delia. The Philosophy of the Plays of William Shakespeare Unfolded. London 1857


- Donnelly, Ignatius. The Great Cryptogram: Francis Bacon Cipher in the So- Called Shakespeare Plays. London 1888


- Looney, J. Thomas. Shakespeare identified in Edward De Vere, the seventeenth Earl of Oxford. New York 1920


- Ogburn, Charlton. The Misterious William Shakespeare: The myth and the reality. Nueva York 1984


- Fellows, Virginia M. El Código Shakespeare. Barcelona 2007

- Hoffman, Calvin. The Murder of the Man who was Shakespeare. New York 1955


- Tassinari, Lamberto. Shakespeare? É il nome d´arte di John Florio. Montreal 2008


- Iuvara di Ustica, Martino. Shakespeare era italiano. Ispica 2002


- James, B & Rubinstein, W. D. The Truth will out. Unmasking the real Shakespeare. London 2005

- Carrillo de Albornoz Fábregas. El hombre que escribió las obras de Shakespeare. Historia 16 nº 333. Enero 2004.


- Wells, Stanley. Shakespeare Survey 52. Shakespeare and the Globe. Cambridge University Press. 2003


- Wells, Stanley. Shakespeare. The poet & his plays. London 1997


- Burgess, Anthony. Un hombre muerto en Deptford. Madrid 2008.


- Brooks, Alden. Will Shakspere and the Dyer´s hand. New York 1943


- Gililov, Ilia. The Shakespeare Game. The Mystery of the Great Phoenix. New York 2003


- Paladino, Santi. Un italiano autore delle opere shakesperiane. Milano 1955


- Williams, Robin P. Sweet Swan of Avon: Did a woman write Shakespeare? Berkeley 2006

NOTA: Algunos de los libros de referencia para el tema están totalmente descatalogados y son imposibles de encontrar. Sin embargo en páginas web como Google Books o Project Gutemberg es posible consultar íntegramente los trabajos de Delia Bacon, Hoffman, Donnelly etc.

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